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La voz de Pablo

Hoy iba tratando  de recordar sobre cuando fue a la escuela por primera vez, que parece que se empezaba a los seis años, pero no lo tiene muy claro

-Se iba por separao, los chicos de con las chicas. Pero era el mismo edificio y cuando tocaba el recreo, a los chicos nos echaron a la calle para que dejáramos el patio pa las niñas. Y verás lo que pasó, que una madre que nos vio en la calle, fue a protestar y dijo que todos teníamos los mismos derechos, niños y niñas, y que si no querían que nos pegáramos pues que nos dieran una buena educación y que estuvieran ellos al cuidao, también en el recreo. Eso fue muy sonao…Luego cuando empezó la guerra, el maestro se tuvo que ir al frente y ya nos quedamos salvajes  jugando a combatir con piedras… Y cuando empezó la posguerra (nunca da la guerra por terminada) Pusieron a otros maestros, que daban doctrina y yo ya me puse a ayudar a mi padre trabajando y a las chicas de mi edad, las enviaron a muchas a Madrid y a Toledo a servir y había un cantar…”ayqueperrasquesonlasmujeresqueyanonosquierenysevanaserviramadrid”

De la edad y su reflejo

Se queja de un “pesar” en la espaldaIMG_20170530_173302230.jpg

– Esto es del daño aquel que me hice cargando piedras siendo chico… No serían ni quince, los que tenía… Es que hizo trampa mi padre pa que me admitieran con los hombres. Pero, claro, luego ya no pudo reclamar por el daño, porque no había dicho verdá…Y me llevaron a un curandero que me dio unas friegas y pa casa a dormir en una tabla. Y claro, no quedó bien curao… A mis hermanos en cambio, bien que los llevaban hasta Talavera a los médicos…

Veo que esa tendencia hacia el resentimiento no le viene bien, ni a mi tampoco. No quiero que se lleve a la cama ese runrún y se desvele.

– Pero eso ya se habrá curado. Lo que te duele ahora será por …¡ por la pila de años!

– ¿Cuántos años dices que tengo?

– Ochenta y nueve

– ¡Uuuuuh, esos son muchos! Sí me veo yo en el espejo que…¿Sabes lo que le pasó a mi abuelo una vez? ¡Cá! – se ríe- Ahora se me viene al recuerdo…pues que se topó de frente con un espejo grande que había al subir la escalera de mi casa y estuvo un buen rato hablando con él, como si fuera otro, hasta que subió mi madre a ver con quién hablaba. “Es que yo no me podía imaginar que estoy tan viejo” y que dijo.

Se admira de cómo la vejez quita las ganas de echarse cargas de leña a las costillas

-¿Tú conoces a Nino? ¡Uuuuuh! Si le ves ahora no le conoces, está muy viejo, fíjate que tiene que andar con dos bastones…Seguro que ya no puede echarse una carga de leña a las costillas…- se ríe – Es que verás, teníamos que llevar dos burros, el de su padre y el del mío, cada uno con una “carga leña” -gesticula con las manos-  a cada lao del burro se sujetan bien dos haces con una soga que lo llaman  “hacer el lazo” y encima se coloca otro y así cargaos echábamos varios viajes…Y por el camino yo iba al cuidao de los animales y Nino iba recogiendo más leña, que se echaba a la espalda ¡Y una carga extra que hacía!  IMG_20170406_210410423Y le dije yo al que estaba a cargo del horno de la cal: “Esta carga que vamos trayendo poco a poco, nos la paga usté a nosotros sin decírselo a nadie”.  Y repartíamos a medias lo que fuera, ¡Ná, cuatro perras darían! – Se ríe- y me daba las gracias, porque  él no se atrevía a hablar y si no llego a decirlo yoooo… se lo dan a su padre ¡Después de hacer de burro!

Por las ramas

 

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Deja la sudadera en el árbol como buscando en qué rama se detiene, igual que cuando rememora el pasado

-(…) También había árboles en la viña. Dos peros, que son como las peras pero más duros…

Aquí se va por la “rama” de la poda, de cómo aprendió y lo puso en práctica…

-(…) También albaricoqueros, que son tan buenos los albaricoques de por allí que hasta la pipa se come, como si fueran almendras…

Esto va a las ramas del mazapán, cómo se hace y a la familia del pueblo que tiene el negocio confitero…

-(…) Y yo creo entrever que había también alguna encina…¡Ah! Y una parte que dejábamos para labrar y allí plantamos algarrobones, que son como algarroba pero el grano más redondo y hacen una mata, así a esta altura – señala con las manos unos quince centímetros- Eso era de forraje para los guarros, que los soltábamos allí y ellos iban comiendo…De vigilarlos se encargaba Faustino, que era el más chico por ese tiempo y una vez – se ríe – nos le encontramos llorando y que porque se le habían perdío…Y es que se habían hartao de comer y ¡se habían echado a descansar!

Y en esta rama lo dejo.

El viento en los sauces

-Me acuerdo cuando nos mandaban a sacar a los guarros… -se ríe- nos mandaban las madres a los chicos pequeños a sacarlos pa que comieran por el campo, porque en las casas, en aquel tiempo, poca comida habría para ellos y se los sacaba a las afueras del pueblo para que comieran, porque los cerdos comen de tó, bichos muertos, raíces, hierbas y hasta a ellos mismos entre ellos si tienen mucho  hambre…Te advierto que con nosotros reparaban poco;  los arreábamos bien deprisa hasta una casa que había abandoná y allí los dejábamos encerrados y nosotros nos íbamos al río.

-Pobres cerditos…img_20170315_104544.jpg

-¡Pero coño! Pobres nosotros, que en cuanto nos teníamos de pie ya habíamos de valer para hacer algo… Así que allí, que está a cinco kilómetros del pueblo, el río, ¡ná menos!..fuera del alcance de su vista era la manera de librarse…-Para de hablar, sonríe, suspira- Hasta que nos pillaron una vez porque mi primo cogió una rama de un sauce, que son muy flexibles y mi madre se dio cuenta porque esos árboles sólo crecen en las riberas y luego se fijó en mi que me había puesto la camisa del revés, a lo visto ¡Fíjate! ¡Qué chico no seríe que no valía ni pa vestirme!