una cerbatana

Estamos colocando cañas en el cercado del huerto y él me ayuda. Le pido que no tire los restos de cañas al aire, porque me puede dar a mi con ellas, que voy atando unas a otras por abajo, agachada al lado de él. Sin mirarme pregunta:

-¿Y dónde las echo?

-Pues en esos montones ordenados- le señalo- las largas con las largas, las cortas con las cortas y las rotas a la carretilla para llevarlas al quemadero.

Se dirige, obediente, con las cañas en la mano hacia los montones y se queda, después de tres pasos, parado meditando unos segundos, se da la vuelta y arrojando las cañas “por ahí” vuelve a ayudarme con la cuerda y los nudos. Esta escena se repite varias veces, pero él, en ningún momento parece ser consciente de la repetición, sólo que empieza a estar molesto y aburrido cuando se lo explico, sin prestarme ninguna atención.

Con un gesto hacia el cañizo dice:

-¡Mira! Una cerbatana. Esas son carnívoras, se comen a los bichos vivos…

La mantis religiosa y yo, nos miramos atentamente entre las cañas.

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